La vida privada de Emily Dickinson ha estado siempre oculta a la vista del público, pero no hace falta más que echar una mirada a sus poemas para descubrir en ellas una coherencia, pasión e intensidad extraordinarias. La mayor parte de su obra se ocupa de su amor hacia un hombre —jamás mencionado por su nombre— con el que ella no podía casarse.
Lamentablemente, como la poesía de Emily fue publicada en un orden completamente arbitrario, no puede hoy en día distinguirse ninguna secuencia cronológica concreta, lo que destruye la posible progresión dramática que narraría la sucesión de emociones que ella sintió hacia este desconocido, que tuvo, sin embargo, una capital importancia en la vida de la artista y que pudo tener influencia, incluso, en su decisión de autorrecluirse.
“Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:
La costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:
Los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,
brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar
CREO TENER SOLO MODESTAS NECESIDADES
Creo tener sólo modestas necesidades,
tales como estar contenta y en el paraíso;
bien podría ser ingresado eso en mi haber,
así la vida y yo quedaríamos a la par.
Mas al incluir lo segundo mis dos demandas,
supuse que bastaría con especificar
solamente una de ellas en mi plegaria,
y la gracia divina me otorgaría ambas.
Así instruida me puse a rezar de este modo:
Grandísimo Espíritu, ten a bien concederme
un paraíso no tan enorme como el tuyo,
pero que sea lo bastante grande para mí.
Una sonrisa se expandió por el rostro de Dios;
el querubín que le escoltaba hacia atrás se echó;
santos serios a hurtadillas salían por verme,
y no pudieron evitar sonreírse también.
Dejé el lugar con regio aplomo…
mi plegaria a un lado arrojé;
recogiéronla los calmos siglos,
y el Destino parpadeó también,
al topar con una tan cándida
que tuviera por cierto el cuento:
“Cualesquiera cosa que pidierais,
os será otorgada, criaturas.”
Mas yo, vuelta más astuta, escudriño los cielos
con semblante sospechoso…
como los niños que al ser timados una vez
concluyen que todo tima




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