En la Edad Media destacamos a Eloísa, autora de unas conmovedoras y apasionadas cartas a su amado Abelardo.
Abelardo fue un joven y famoso teólogo francés del siglo XII, profesor de la catedral de Notre Dame, en París. El canon de la catedral lo contrató para que diera clases privadas a su hermosa y culta sobrina Eloísa, quien a la edad de 17 años ya sabía teología, filosofía, griego, hebreo y latín.
Cometieron el error de enamorarse, a pesar de los planes del tío de Eloísa de casarla con un importante aristócrata. Se fugaron a las tierras de Abelardo en Bretaña, contrajeron matrimonio y tuvieron un hijo. Pero el tío de Eloísa no pudo perdonar a Abelardo, a quien acusaba de seducción, y contrató a unos matones que lo castraron.
Eloísa, joven aún, se quejaba ante el mundo y ante Dios. Consideraba abominable la terrible mutilación de su amado y le repetía que seguiría queriéndolo toda la vida.
Abelardo, finalmente, decidió meterse a monje, a pesar de las protestas de su amada. Y aunque a ella no le quedó más remedio que meterse a monja también, pasó el resto de su vida desesperadamente enamorada de Abelardo. Nunca dejó de amarlo. Tampoco perdonó jamás a su tío, ni a la iglesia, ni a Dios.
Abelardo más o menos se resignó. Llegó a afirmar que su tragedia era un merecido castigo divino: había pecado con Eloísa. A Eloísa, en cambio, le ocurrió lo contrario: cada día se sentía más rebelde contra el mundo y crecía más su angustia.
En sus cartas podemos vislumbrar no sólo el dolor que sentía por su trágica historia con Abelardo; sino el concepto que tenía sobre el amor y una visión sobre la mujer. Así, advertimos que estaba influenciada por la visión que tenían los hombres del género femenino. Se creía inferior a su amado. Esto explica que se maraville cuando éste le contesta una de sus cartas invirtiendo el orden natural:
Yo me admiro, mi bien amado, de que derogando en vuestra carta el uso ordinario y también el orden natural de las cosas, para la fórmula del saludo, vos, por deferencia, habéis puesto mi nombre antes del vuestro: una mujer antes que un hombre, una esposa antes de su marido, una sierva antes de su amo, una monja antes que un monje y sacerdote, una diaconisa antes que un abad

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